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La huida

 

Avanzaba con paso firme y constante, sin detenerse ni distraerse por nada, con los ojos fijos en su destino, que estaba hacia adelante, siempre lejano. Con cada zancada, sus pies parecían clavarse como puñales en la arena. Verlo era todo un espectáculo.

 

A algunos les parecía que andaba lento, con las botas pesadas como el plomo. Pero otros aseguraban que volaba. Algunos, absortos en ocupaciones varias, ni lo veían pasar. No muchos se preguntaban de quién huía, pero a veces aparecían algunos ilustres interesados en tal materia.

 

Pese a que todos lo veían en su fuga, nadie se esforzaba en evitarla. A veces discutían entre sí si era peligroso dejarlo marchar, si debían detenerlo. Pero nunca se resolvían a hacer nada, puesto que unos opinaban que no hacía mal a nadie, que era mejor que se fuera, mientras otros, con irritada frustración, lo consideraban sospechoso y querían capturarlo, aunque sin tener apoyo ni medios para hacerlo.

 

En tanto, el fugitivo disfrutaba con muda soberbia la atención que se le prodigaba. Pero no les hacía ningún caso a los curiosos. Nadie lo detendría.

 

Seguía su camino con absoluta indiferencia cuando un recuerdo lo llenó de resentimiento: una vez, unos atrevidos habían retrasado su viaje con la ayuda de aquel que permanecía impávido ante su huida porque su misma existencia ya le tenía sin cuidado.

 

Entonces, el rencor invadió al viajero y le hizo acelerar tanto el tranco que a su paso los árboles perdieron su cabellera y el sol se escondió tras las montañas.

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