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Ilusión

 

Su pecho henchido se expandió, desbordándose un cálido y tranquilizante bienestar.

 

En ese momento se creía capaz de todo. El día estaba despejado y, pese a la helada brisa, el sol imponía al frío sus bondades luminosas. Nada podía salir mal.

 

Dejó a un lado la novela recién concluida y guardó el señalador en la solapa. El libro estaba avejentado, casi roído por las múltiples lecturas. Cada vez que terminaba ese viaje, emprendido por primera vez años atrás, revivía la misma sensación que ahora lo embargaba.

 

Pero esta vez saldría por esa puerta y daría el paso que venía postergando hacía meses. Lo había decidido. Guardó todo en su mochila y bajó con determinación las escaleras.

 

El bienestar todavía lo envolvía. Sentía que flotaba, que se deslizaba por el mundo como si caminara sobre una alfombra de algodones. Se sentía indestructible. Cualquier impacto dañino que hubiera podido recibir habría rebotado en la superficie imperturbable de su aura. Allí era intocable.

 

Pero ya de pie ante la puerta, los nervios lo invadían. Su estómago parecía albergar una tormenta. No obstante, no había vuelta atrás. La decisión estaba hecha.

 

Su dedo oprimió el timbre convirtiendo los segundos en horas lentas.

 

En la puerta estaba ella, sorprendida pero contenta.

 

Entonces, el destino cambió cuando sus dos palabras, pronunciadas con vehemencia y sin vacilación, hendieron irreversiblemente el aire.

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